jueves 26 de junio de 2008

LA CHIMENEA.
Por Richard Dixon Mena.
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La lluvia caía fuerte, ininterrumpidamente, y ese verde tan extraño parecía omnipresente en una Irlanda que les había dado refugio después del Golpe. Víctor y Pedro llevaban diecisiete años alejados de amigos, compañeros y familiares. Eran exiliados de un Chile tomado por la fuerza que vivía por primera vez un once de septiembre en libertad. Ambos hermanos vivían al oeste del condado de Kerry, en una pequeña y austera cabaña que en algo les recordaba el sur de Chile; quizás por la lluvia, o tal vez por el olor húmedo de sus prados y caminos.
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Después de encender la chimenea Víctor puso la radio. Eran las noticias de una emisora local. En ella se confirmaba la exhumación del cadáver de Salvador Allende, y la idea de que el Chicho se había suicidado. Al oír la noticia, Víctor, dejándose caer en un viejo sillón de cuero, cambió su semblante. Aquella rigidez acostumbrada e impenetrable de su rostro dio paso a la rabia contenida.
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Al rato se acercó su hermano al fuego, trayendo dos tragos. Le dio un vaso con whisky irlandés y se sentó a su lado. Víctor bebió un trago largo y con la radio todavía encendida dijo:
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―No creo que el Chicho se haya suicidado. Así de simple. Sigo creyendo que al Compañero Allende lo mataron los milicos. Esto no es otra cosa que la derecha ocultando la verdad como siempre lo hace. ¡Viste, huevón! No tenemos para qué volver a Chile. Todo está como antes y seguirá como antes. Pinocho seguirá siendo el rey y nunca pagará por lo que hizo.
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Pedro escuchaba mientras miraba el incesante ardor de los leños de la chimenea. Luego, mientras se ordenaba la barba, le dijo:
―¿Te has fijado en los leños cuando están ardiendo? Si los miras cómo se van quemando desde el principio verás figuras de lo que quieras ver. Es un espectáculo único, cada combustión, cada encendido es diferente.
―¿Qué te pasa, viejo? ¿Te volviste pirómano?―, interrumpió Víctor.
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―En serio. Si te pones a pensar, nosotros queríamos encender Chile por las armas, que se prendiera de norte a sur con el rojo libertario, y a fuego terminar con la injusticia social, con la mierda capitalista. Yo incluso me conformaba con un país un poco mejor. Pero nuestra patria es especial. Llegó a su Revolución por el voto popular, y con eso nosotros depusimos las armas. ¿Para qué? Para ver un sueño que duró sólo 1000 días. Y después de eso persecución, tortura, muerte. Eso es lo que yo veía estos diecisiete años. Otros ven diecisiete años de seguridad, paz y libertad. Chile era un leño quemándose, fragmentando imágenes distintas en una hoguera violenta. Allende quizás se pegó un tiro, pero gracias a él yo no lo hice, gracias a que él, en medio del fuego y del tronar de bombas, vio un futuro con hombres libres, celebrando o protestando por libertad, en una Alameda limpia de sangre, colmada de hombres plenos...
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Después de decir esto Pedro se levantó repentinamente y miró a su hermano. Víctor, al calor del fuego y del whisky, dormía plácidamente, como un setter irlandés. Pedro apagó la radio, fue a buscar una manta y lo arropó, murmurando bajito: “Duerme, mañana será un viaje largo de regreso a Chile. Por fin volveremos a casa.
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Santiago, 26 de junio de 2008.
Nota.- Imagen del sello de correos ubicada originalmente en:

jueves 12 de junio de 2008

REUNIÓN GENERAL DE JUNIO.
Nota de Richard Salazar Poillot.
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Durante la tarde del sábado 7 de junio, y en el muy agradable departamento del matrimonio Unger Vergara se desarrolló la reunión mensual de nuestra antigua y noble orden. Como siempre ocurre, al comienzo se conversó de todo, para irnos concentrando en temáticas propias de nuestra organización.
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En primer lugar, por supuesto, se comentó la jornada realizada en memoria de Carlos R. Sepúlveda C. a fines de mayo último en el Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna. Pese a lo reducido del público que logramos convocar ―quizá por el motivo climático señalado en otro lugar―, se consideró una actividad gratísima y bien realizada. Se felicitó especialmente a los socios Eugenia Vergara y Patricio Haschke por sus contribuciones para el buen resultado del homenaje.
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A continuación, durante la reunión el firmante mencionó, ocasionando cierta polémica entre los presentes, tres circunstancias de gran peso en el imaginario colectivo durante este mes de junio, en las que como organización podríamos participar. Ellas son: el primer aniversario de la partida de Juan Marino Cabello (cuestionada por inclinarnos a lo nostálgico y lo “homenajinativo”), el centenario de Salvador Allende Gossens (cuestionada por demasiado contingente) y la integración peruano-chilena (cuestionada por nuestra falta de infraestructura).
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Pues cuestionar no implica descartar, y considerando que textos como este no son, como siempre se ha dicho, documentos oficiales de SOCHIF, he querido mencionar esas tres ideas de actividad por si algún lector quisiera contribuir y/o colaborar para su realización, durante este mes o más adelante.
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En cambio, concordamos en realizar para julio una actividad abierta a todo público en el transcurso de la cual intentaremos dilucidar qué es la CF, cuáles son sus signos característicos y cuál su actual estado. Dicha actividad estará a cargo del ingeniero, experto en ecología y académico universitario Sr. Juan Manuel Silva Henríquez.
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Además, para agosto, y siempre bajo la dirección del Sr. Silva, implementaremos una jornada de reflexión acerca del peligro ambientalista que amenaza no sólo a la sociedad sino a todo el planeta.
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Oportunamente daremos a conocer fecha, horario y lugar de estas actividades. A ellas pueden considerarse desde ya invitados a participar nuestros gentiles lectores.
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Finalmente, tuvimos la oportunidad de conocer ―en la misma voz de su protagonista―anécdotas y pasajes de la infancia de Edgar Unger Reuther, transcurrida en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial. Realmente tiene muchas sabrosas e interesantes historias nuestro amigo, las que bien merecen ser inmortalizadas en un libro de memorias. Todo esto él lo compartio con nosotros mientras jugaba una partida de ajedrez, derrotando una vez más a su eterno rival (yo).
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Otra de las aficiones de Edgar es la pintura. Para despedirme reproduzco una de las obras creadas por él, y que adorna el living de su casa. La luz no me favoreció al momento de tomar la fotografía, por lo que ruego hacer abastracción de su relativa opacidad. Es una obra hermosa y técnicamente bien facturada. Se los dice alguien que está casado con una pintora, y que durante muchos años ha observado infinidad de pinturas y ha asistido a innumerables exposiciones y acciones de arte.
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Santiago, 12 de junio de 2008.-

martes 10 de junio de 2008

REGRESO A CASA.
Por Patricio Haschke Fritz.
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(Recreación de “El túnel adelante”, de Alice Glasser.)
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¿Alguna vez alguien se ha detenido a pensar cómo la naturaleza nos pasa la factura por los gastos que generamos al contaminar? ¡Cuántas cosas hemos perdido que para nuestros padres eran habituales!
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Personalmente tengo un presentimiento. Este me viene cada vez que me encuentro en un taco y veo cómo ha aumentado la cantidad de vehículos, como en cierta manera hemos asumido este costo por ser dueños de un auto, lo que perdemos cuando creemos que somos libres para desplazarnos adonde queremos ir.
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He aquí algunas cosas que NO SE PUEDE:
Exponer la piel a los rayos solares: Capa de ozono destruida.
Comer crudos mariscos y verduras: Virus del cólera.
Comer mariscos incluso cocidos: Marea roja.
Hacer ejercicios físicos: Smog, problemas respiratorios.
Acampar: Virus hanta.
Comer huevos y derivados crudos: Salmonelosis.
Comer hígado de vacuno: Saturados de esteroides.
Conducir nuestros vehículos: Restricción automotriz, prohibición de estacionarse en gran cantidad de calles.
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Y algunas más que se me escapan, pero que ustedes no ignoran, ya que estamos en el mismo problema. En mis ratos perdidos tratando de circular he cavilado cierta historia que espero jamás ver cumplida.
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“Mis rodillas casi topan con mi cara. Nuestro auto cumple con las normas exigidas por el Estado. Mi familia está compuesta por el máximo permitido por la ley, la formamos mi esposa, mi hijo, mi hija y yo. Mientras conduzco voy recordando los sucesos que han puesto a nuestra familia en esta situación. Nuestros hijos durante largo tiempo nos pidieron conocer el mar. Cosa que logramos tras soportar sus incesantes ruegos.
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El Gran Santiago, ciudad que imposibilitada de seguir tragando las más ricas tierras agrícolas se vio obligada a crecer en altura, y ya en el año 2030 tenía la increíble población de 14 millones de habitantes. Contaminada en todos los sentidos, la sociedad se vio obligada a normarse para poder sobrevivir con una muy mala calidad de vida. Las familias son de un máximo de cuatro componentes, los miembros adicionales acarrean las penas del infierno en materia de impuestos y gastos, que antiguamente eran relativamente gratis pasan a ser increíblemente caros, los de educación, salud y vivienda, obligando a ser muy cuidadosos al momento de escoger aumentar la familia. Los medios para regular la natalidad (anticonceptivos, abortos y esterilización) son gratuitos, y no olvidemos la eutanasia, son entregados por el Estado.
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El país, y en general todos os países del mundo tienen el mismo problema, y estas normas son un hecho corriente en todo el orbe. La moral, la ética y las religiones se vieron sobrepasadas, y la especie es más importante que el individuo. Pero todo esto no lo saben nuestros hijos que ingenuamente juegan y ríen en la parte trasera de nuestro pequeño auto compacto de origen asiático. Felices e ignorantes de nuestras preocupaciones sólo recuerdan los gratos momentos de su tarde en la playa.
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Después de presentar varias veces la solicitud de viaje al litoral central nos vimos “favorecidos”, si así se puede decir con un cupo para estar unas horas en la playa, asumiendo por escrito los riesgos que esto conlleva. Todo comenzó con un apretado y estricto itinerario que debíamos cumplir. Ingresar a las 6 AM a la antigua Autopista del Sol, y tomar nuestro lugar en la interminable cinta de plástico y acero que conforman los audaces que al igual que nosotros van rumbo al soñado paseo. Luego de largas horas de lento viaje, llegamos a un lugar de estacionamiento distante 2 km de la playa, donde debimos esperar casi una hora nuestro turno de avanzar caminando al lugar que teníamos designado para cambiarnos de ropa y así poder “gozar” de los placeres del mar.
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Estando en esta zona sonó una sirena estridente que anunció el cambio de paseantes. Nos dirigimos presurosos a nuestro lugar indicado, en el cual los niños usaron por primera vez sus baldes y palas con verdadera arena, donde luego de disfrutar de un fuerte sol protegidos por un ungüento de alto factor protector de rayos UV, tomamos a los niños y dirigimos nuestros pasos al mar, esperábamos encontrarlo donde había más gente, acertamos y procedimos a avanzar entre un apretado grupo que pensaba lo mismo que nosotros, luego nos encontramos sumergidos hasta la cintura en el agua donde lo único que podíamos hacer era realizar una extraña gimnasia saltando y agachándonos para mojar el cuerpo entero, esto lo hacíamos imitando a los demás. Luego de permanecer alternativamente en el agua y arena durante 3 horas, la estridente sirena nos anunció el término de nuestro tiempo.
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Desandamos el trayecto a nuestro auto con los niños felices por su tarde de sol y mar, pero mi señora y yo pensábamos sin hablar de lo que nos esperaba.
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El retorno a la gran urbe comenzó con un gran taco que es típico en las carreteras, y aquí me encuentro avanzando apenas en medio de los autos con sus conductores preocupados y ceñudos olvidados al igual que yo de las incomodidades del viaje, pero con la adrenalina a chorros en la sangre. Presiento que Eugenia me mira, pero cada vez que volteo la cara, ella esquiva mi mirada, está callada pero sé en lo que está pensando. Atrás Ilse y Jorge, sin saber de nuestra preocupación, continúan con sus fantasías. El tránsito es lentísimo y a ratos se detiene, ambos sabemos la causa, y la tensión aumenta. De pronto a lo lejos vemos el gran túnel que separa la Quinta Región del Área Metropolitana. Quisiera salirme de la carretera, pero esto es imposible por las barreras a los costados. El flujo vehicular nos conduce al túnel, el ambiente se hace tenso, y los niños captan nuestro nerviosismo y callan tratando de comprender la situación. Hacen algunas preguntas que no contesto por no mentirles.
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Así, sin querer hacerlo, ingresamos al túnel, largo, larguísimo, interminable. Ya no respiro, sólo trato de ver el final. El flujo es lento e insoportable... Por fin diviso la señal indicadora de la salida, trato de rezar, pero los nervios me impiden hacerlo...
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¡Hemos salido! Avanzamos unos metros, y yo estallo en risas, Eugenia rompe en un histérico llanto, Ilse y Jorge nada comprenden. De repente suena un largo bocinazo que es cortado bruscamente. Miro por el espejo y veo que el túnel se ha cerrado. El destino quiso que fuéramos ganadores de un premio más grande que los antiguos Loto y Kino. Esta vez el túnel nos perdonó.
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El método aleatorio de controlar la población consiste en cerrar el túnel, inyectar gases mortales, incinerar a todo lo que se encuentre en su interior, y así cuatro pistas con 4 km de largo ocupadas por autos de 2,5 m de largo, que hacen un total de 6400 vehículos con 4 ocupantes. Es decir, 25600 santiaguinos desaparecen dejando su lugar a otros. Este ciclo se repite varias veces por día.
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Pero ya no estamos tristes. Sólo es el precio de vivir en el Gran Santiago.”
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Narración incluída en Revista Quantor, Año I - Nº 2.
Ilustrada especialmente por el dibujante Hernán Escobar.
Santiago, Ediciones de la Golondrina, 1998.

viernes 6 de junio de 2008

LLUVIA Y ENCUENTRO:
Homenaje a Carlos Raúl Sepúlveda.
Por Richard Salazar Poillot.
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Desde la madrugada de aquel martes 27 de mayo una lluvia sorprendentemente intensa se había dejado caer sobre Santiago. Los medios de comunicación anunciaban inundaciones en varias zonas de la Región Metropolitana. Pues al momento de comenzar nuestra actividad en memoria de Carlos Raúl Sepúlveda en el Salón principal del Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna la lluvia no daba señales de menguar, eso probablemente desalentó a muchos de llegar a la cita.
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Pese a todo, a esta actividad arribó una selección de sus mejores amigos y conocidos. Ramiro Sepúlveda, hermano de nuestro homenajeado, haciendo uso de la palabra saludó a muchos de ellos, por lo que remito a su intervención para enterarse de quienes asistieron. Fue muy emotiva su participación, por lo demás, incluyendo recuerdos de la juventud que compartió con su hermano, y del papel que Carlos desempeñó durante el Gobierno de la Unidad Popular, papel muy superior al comúnmente considerado. El texto elaborado por Ramiro, entonces, tiene un valor documental digno de ser tenido en cuenta.
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Luego vino un cálido y poético saludo de Mery Coloane, Presidenta del Grupo de Poesía Encuentro, donde nuestro querido amigo participó activamente durante el último período de su vida. Su intervención también ha sido incluida en este blog.
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Finalmente, José Pepe Ortega ofreció un afectuoso homenaje a quien fue uno de sus grandes amigos en vida, interpretando temas propios y del repertorio latinoamericano con gran calidad.
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En nombre de SOCHIF agradezco al Director de Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna, Don Sergio Grez Toro, la oportunidad de haber podido recordar al líder y fundador de nuestra organización. Se extienden los agradecimientos a la Secretaria del Museo, la Sra. Mónica Camilo Lorca, por sus gestiones para que todo resultase de la mejor forma posible.
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Si bien no tuvimos todo el público que esperábamos, sí se dio una muy agradable atmósfera de reencuentro. En este aspecto debemos mucho al gran talento que como anfitriona tiene nuestra socia Eugenia Vergara de Unger, y a la sorprendente habilidad de Patricio Haschke para dirigir el evento. Con toda razón varios de los circunstantes declararon lo bien que hacía al espíritu y a la mente estas reuniones, calificándolas de “auténticos cables a tierra, más efectivos que cualquier medicamento”.
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Finalmente, reciban todos los que nos acompañaron ese difícil día nuestro sincero agradecimiento por su presencia, esperando volver a encontrarnos en próximas actividades.
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Santiago, 2 de junio de 2008.

jueves 5 de junio de 2008

EN MEMORIA DE CARLOS SEPÚLVEDA.
Por Mª Eugenia Walker Vicuña.
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En este aniversario del fallecimiento de Carlos Sepúlveda quiero recordar brevemente el talento que él desarrolló en vida en el área de las artes plásticas. Tuve la oportunidad de apreciar algunos bocetos suyos y en ellos destacaba su buen gusto, percepción educada y su voluntad de experimentación.
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Él parece haber seguido esa tan querida máxima de los intelectuales comprometidos: ser revolucionarios en las acciones e interpretaciones, y educados burgueses en cuanto a gustos estéticos.
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Por compromisos ineludibles no podré asistir a la actividad a realizarse en su homenaje. Pero he querido participando a través del diseño del afiche promocional. Lo he elaborado siguiendo los requerimientos del Museo anfitrión así como los de la SOCHIF, destacando un dato histórico de ella.
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Santiago, 27 de mayo de 2008.

miércoles 4 de junio de 2008

PARA MI HERMANO CARLOS RAÚL.
Por Ramiro Sepúlveda Contreras.
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Compañeras y compañeros:
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Siempre es muy agradable reunirse para recordar a una persona querida. Es grato encontrarse con ustedes quienes fueron familiares, amigos, amigas, discípulos, aliados y hasta adversarios políticos que también respetaron a mi hermano Carlos Raúl.
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Desde luego ―y cómo no― me llenó de orgullo la invitación a participar de este acto, cuando llegaron a mi casa Richard Salazar, nuevo presidente de la SOCHIF (“el buen alemán”, le decía Raúl) y el Pato Haschke, su otro buen amigo y adlátere. Si alguno de ustedes no lo sabe, SOCHIF es la sigla de la Sociedad Chilena de Fantasía y Ciencia Ficción.
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Es lindo saber que sus sueños, su dedicación y su esfuerzo en la literatura, en la política y en la vida no fueron vanos. Que aquí están quienes lo quisieron y respetaron como fundador de la SOCHIF, donde editó la Revista Quantor y los libros de numerosos amigos, muchos de los cuales ya partieron. Entre ellos ―cómo olvidarlo― Juan Ricardo, el Guatón Muñoz, el querido Viejo Roca, el Chico Max y, desde luego, su compañera Eugenia Landabur. Mis mejores augurios para la generación que reemplaza hoy a aquellos que ya partieron.
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Aquí están quienes lo conocieron como el político contestatario y luchador que, desde su periódico digital El Tábano, se enfrentó a los dragones del poder. También se encuentran los que participaron de los Talleres de Reflexión Política Francisco Bilbao, qué, a través de su publicación “Voces Nuestras”, rechazó la exacción de los impuestos a nuestras riquezas básicas y denunció componendas y arreglines de bigotes.
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Han llegado, además, aquellos que lo conocieron como dirigente de artesanos y pobladores, a quienes editó una red de periódicos barriales para defender sus derechos en las distintas zonas de la capital.
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A todos ustedes, que lo conocieron como un gran organizador, como un intelectual, como un rebelde natural y finalmente como aquel escritor iluso, fantástico y siempre enamorado de la vida. Muchas gracias por estar aquí.
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No es mi intención aburrirlos.
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Me pidieron contar experiencias personales. Que relatase vivencias familiares, un poco de lo que fue nuestra vida o, como dicen ahora, ¿cuál fue el lado B de mi hermano? Nunca seré un infidente.
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Entremos en materia.
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Carlos Raúl, desde niño, siempre fue conocido como Raúl Sepúlveda, porque llevaba el mismo nombre de mi papá. Eso de Carlos sólo surgió después del año 1973, cuando muchos trataban de irse al exilio y otros pretendíamos hacer algo por Chile, sin alejarnos mucho. Fueron días duros para nosotros... Sufrimos por mi hermano menor Daniel, Detenido Desaparecido en ese mismo mes de Septiembre. Por otro lado, Raúl, que era el mayor de todos, y yo fuimos apresados y torturados. Raúl, al que desde niño le dije Guatón,
fue hasta el día 11 el Secretario General de una organización de la cual muy pocos sabían que existía: el Partido Federado de la Unidad Popular.
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Por aquellos días yo me desempeñaba como Jefe de Informaciones de Radio Magallanes y sobre el particular permítanme una pequeña aclaración.
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Hace unos años supe que un periodista que ese día 11 estuvo en la radio sólo hasta las 8 de la mañana, declaró reiteradamente durante su permanencia, exiliado en Europa, haber hablado esa mañana con el Presidente Allende en tres oportunidades. Esta declaración, absolutamente falsa, fue refrendada como verdadera por el Partido Comunista. El reportero a quien me refiero fue denunciado ante la Comisión de Ética del Colegio de Periodistas porque nunca habló con el compañero Presidente. En honor a la verdad, fui yo quien se comunicó esa mañana ―vía magneto― con el Presidente y luego entregué el teléfono a Guillermo Ravest, Director de la emisora, que fue quien formuló el reclamo contra el periodista citado, el que hoy, lamentablemente, adolece de una grave enfermedad.
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Perdónenme por haberme referido a esto (muy al margen del tema que nos convoca). Lo hice a petición de mi propio hermano Raúl a quien, en vida, le molestaba mucho esta situación, y de Richard Salazar que al invitarme a este acto, hace unos días, me manifestó su extrañeza porque nunca me hubiese referido a este equívoco. Si no hablé antes es porque siempre creí que lo importante fue posibilitar ese maravilloso discurso de las grandes alamedas y no orgullos ni lucimientos personales.
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Mi hermano Raúl fue rebelde desde siempre. Cursaba el Quinto Año de Humanidades en el colegio que la Alianza Francesa mantiene en Osorno cuando fue expulsado por encabezar la primera huelga de estudiantes que debió soportar ese establecimiento. No crean que por estudiar en ese colegio pertenecíamos a una familia muy pudiente. En verdad, somos de la llamada clase media-media. Mi papá era Profesor de Química y Farmacia y, aparte de en el Liceo, hacía clases en la Alianza y nosotros teníamos gratuidad de matrícula y estudios. Como yo era más chico que el Guatón y le seguía las de abajo, ambos fuimos exonerados junto a varios de mis compañeros de curso, amigos que algunos de ustedes conocen: Iván Marty, el Patán Mancilla, quien ahora es profesor de la misma Alianza Francesa, pero en África, y Pato Ahumada al cual, años después aquí en Santiago, luego de trabajar esforzadamente junto a Raúl ―en su época de artesano― la dictadura lo hizo desaparecer.
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Fruto de aquella huelga juvenil fueron también nuestros primeros nexos con los jóvenes comunistas, los que se acrecentaron cuando fuimos recibidos en el Liceo de Hombres de la ciudad.
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Raúl fue comunista durante muchos años. Ingresó primero a la Juventud y luego al Partido Comunista. Dirigente estudiantil primero y funcionario después, recorrió el país como un revolucionario profesional. Candidato a regidor y a diputado en la provincia de Ñuble, donde formó numerosos comités locales y bases. Siendo Secretario Regional en la provincia de Llanquihue, subrogó varias veces al Intendente Regional. Luego fue al Congreso donde, como funcionario de la Cámara, trabajaba con los diputados comunistas. Durante algún tiempo se sumó a la Organización Mundial por la Paz, que lo condecoró con la Medalla de la Paz en reconocimiento a su dedicación y esfuerzo.

Finalmente el Golpe Militar lo sorprendió en el citado Partido Federado de la Unidad Popular, una organización de carácter instrumental donde se reunían los partidos de la coalición de gobierno del Presidente Salvador Allende. Después, bueno, ustedes ya saben. Como muchos, incluida mi mamá y nuestro amigo Domingo Araya, y muchos otros se incorporó al PPD para lograr la vuelta a la democracia. No duró mucho allí. Primero se enfrentó a Schaulsohn, que está a la vista en lo que terminó, y más tarde con Bitar. Finalizó separando aguas con la fundación de los Talleres de Reflexión Política Francisco Bilbao, inicialmente creados como un espacio crítico en el propio seno del PPD.
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El Gordo fue siempre un muchacho tímido y retraído, no obstante muy influyente entre sus amigos que en aquellos años lo llamaban “el Filósofo”. Siempre con un libro bajo el brazo, no le gustaban las fiestas, no sabía bailar, cantaba desafinado, y no era de muchos pololeos, pero cuando se enamoraba había que tenerle respeto. No voy a hablar de sus pololas. Sólo un recuerdo para su mujer Anita María, tempranamente fallecida y con la cual formó una linda familia. Sus hijos Raúl Eduardo, Rita Rosana, Hilda Amelia y Ana Paz. A ellos se dirigió en su última novela, “La puerta negra”, cuando sintió que ya le llegaba la hora. Muchos de los que están hoy participaron hace poco más de un año en el lanzamiento de ese libro en la Sociedad de Escritores de Chile, institución que siempre lo acogió cálidamente. Permítanme citar algunas frases de ese texto:
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Esto es para mis hijos...
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Nunca he dejado de pensarlos como pedazos míos, carne de mi carne y de mi sangre, asumiendo sus dolores y perplejidades.
¿Es una justificación?
¿Con eso basta?
Si, no ignoro que de repente pueden reclamarme una herencia verdadera.
Castillos, tesoros.
¿Qué tesoros?
¿Qué clase de joyas escondidas, yo, que a lo largo de mi vida sólo he reunido música, libros y colores?
Tal vez una canción infantil que inventé para ustedes.
Una palabra única, una palabra de amor secreta, para nombrarlos, algo para ser transmitido a sus hijos como si fuese una caricia solo nuestra.
¿Qué respuestas puedo dejarles yo que sólo tengo preguntas?
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Raúl estuvo permanentemente apegado a su familia. En especial a mi mamá. Casi todos ustedes la conocieron como la Señora Hilda, en la casa de la calle Copiapó. Hace pocos años, tras su interminable tratamiento de diálisis, tres días a la semana, también nos abandonó. Fue una mujer de gran temperamento y mucha sensibilidad. No les quepa duda que su muerte nos golpeó fuerte. Especialmente a mi hermano Raúl, el cual, durante muchos años, permaneció bajo su alero, y entre ambos se acompañaron, protegieron y cuidaron.
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Fuimos buenos hermanos. Desde chicos tuvimos una relación armónica, de repente interrumpida por una discusión o un diferendo. Tenía que darse. Aún cuando por lo general estábamos de acuerdo y teníamos idearios comunes, Raúl fue siempre voluntarioso, y yo tampoco lo hago mal. Durante los últimos años, en la medida que nos quedábamos más solos, nos acercamos cada día más. La diabetes, enfermedad que también compartimos, fue otro factor importante.

Participamos de una marcha al Cementerio General un 11 de Septiembre. En esa ocasión Raúl se hizo una herida en un pié, fruto de la caminata. Porfiado como era, no quiso detenerse hasta que llegó cojeando al Memorial de los Detenidos Desaparecidos. Nunca logró recuperarse de esa, para otros, pequeña lesión. Durante meses lo acompañé diariamente a sus curaciones en el Consultorio Nº 1. A veces, debo reconocerlo, a regañadientes. No hubo cura y finalmente le cortaron un dedo del pié. Un ortejo, dicen finamente los médicos. Durante su hospitalización en el Hospital Salvador escribió una cueca larga sobre la lucha de los mapuches por sus derechos. Lamentablemente, no la pude encontrar entre sus papeles. Amistoso, como era, hizo buenas migas con muchos funcionarios de la Salud Pública, tan vilipendiada. La Señora Rita, su enfermera en el Consultorio a quién recordaba con especial cariño por su dedicación y profesionalismo. ¿Será por eso de que todos los enfermos se enamoran de las enfermeras?
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Murió con una sonrisa socarrona, como satisfecho de su vida. Con la misma simpleza que vivió. Déjenme contarles. El día que llegó a la Posta Central, desde donde no pudo salir con vida, habíamos almorzado juntos y estaba absolutamente normal. Fue por la tarde cuando recibí el llamado de su amigo Alfredo Parada, que había concurrido a visitarlo, el que me informó que Raúl no reconocía a nadie y que estaba hablando incoherencias. Ya en la casa de Copiapó, pensé que podía haberse tomado unos tragos, pero no era así. Llamé a la ambulancia y fuimos a la Posta.
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Luego de ser atendido, inyectado y oxigenado, recuperó la conciencia y pude pasar a verlo:
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― ¿Dónde estoy?, ¿quién me trajo?, ¿por qué me trajiste?
―Estabas difareando y no reconocías a nadie, le contesté.
―El que yo esté difareando es lo normal, no es ninguna novedad. Préstame tu celular, respondió.
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Trató de comunicarse no sé con quien, pero no lo logró. El médico de turno me dijo:
―Señor, su hermano tiene visita mañana en el cuarto piso.
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Me retiré contento porque ví que estaba lúcido. Ese fue el último atisbo de conciencia y de su humor lúdico. Nunca más nadie pudo cruzar una palabra con él.

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Santiago, 27 de mayo de 2008.

Nota: Leido en el homenaje que SOCHIF efectuó en memoria de Carlos Raúl Sepúlveda en Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.

martes 3 de junio de 2008

RECORDATORIO PÓSTUMO.
Por Mery Coloane.
Presidenta del “Grupo Literario Encuentro”.
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A Carlos Raúl Sepúlveda: Amigo, escritor, poeta, animador cultural.
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Hoy rememoro su estadía como un gran ser humano, y como integrante del “Grupo Literario Encuentro”. Hablar de él es muy grato, y por cierto, aún sabiendo que no estás entre nosotros físicamente, pero si espiritualmente y a través de tu obra literaria, te recuerdo con tu voz lenta y señorial, cuando nos hablabas con grata sabiduría, amigo, siempre estarás en nuestro medio, entre tus pares con tu poesía y narrativa.
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Hoy quiero referirme en forma muy breve a tu obra literaria, especialmente al libro “La puerta negra”, donde como autor nos llevas a la dinámica y luego al misterio, con una temática algo controvertida, que no ha sido fácil para el autor, y desde esta cosmovisión, el hablante nos transporta a intrincadas vivencias, y que seguramente contristaron el alma sensible del escritor. Es probable que desde esta perspectiva haya plasmado la retórica del libro ya mencionado, y que hoy está conmigo formando parte de todos los libros de muchos escritores y, por cierto, el de un amigo muy recordado: Carlos Raúl Sepúlveda.
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Afectuosamente, Mery Coloane.
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Santiago 27 de mayo, otoño 2008.
Nota: Leído en el homenaje realizado a Carlos Raúl Sepúlveda por SOCHIF en Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.

lunes 2 de junio de 2008

PALABRA CON ESPÍRITU: PARA MI AMIGO CARLOS.
Por Richard Salazar Poillot.
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En estos días, en los momentos en que podía concentrarme en preparar mi intervención en este homenaje, persistentemente acudían a mi mente diversas anécdotas referidas a mi amigo Carlos Raúl. Como si él, desde el lugar en que hoy pudiera hallarse, se dedicara a pulsar mis neuronas relacionadas con la memoria. No pocas veces por culpa suya me descubrí riéndome “solo”, para sorpresa, pero no demasiada extrañeza, de mi querida esposa.
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Asumiendo, pues, el principio de que el todo se refleja en cada una de sus partes, he resuelto compartir con ustedes una breve historia cuyo protagonista fue mi amigo. Es una historia sencilla, alejada del vértigo o el escándalo, para desilusión de los que piensan que tales ingredientes han de estar presentes en alguna narración para merecer ser oída. Sólo espero que ella facilite la intuición de quién fue él en vida, y cuáles eran algunas de sus actitudes.
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Ahora bien, fuera de su contexto cualquier relato pierde mucho de su sabor. Con la esperanza de que éste, además de ilustrador, resulte ameno para ustedes, permítanme señalar unos pocos antecedentes.
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A principios de los 90, con Aylwin como primer Presidente de la post-dictadura, mi amigo y muchos de los que participábamos en algunas de las organizaciones creadas o animadas por él, vivíamos en un estado de optimista expectativa. Pensábamos que como nación a la brevedad recuperaríamos el tiempo perdido. Había un poco más de trabajo, se incrementaba la inversión extranjera.
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Carlos en esos años se dedicaba al negocio editorial ―Ediciones de la Golondrina―. Había desarrollado un eficiente sistema de impresión, en el que combinaba sus conocimientos artesanales y de autogestión con los recursos computacionales que empezaban a masificarse en el país. Su centro de operaciones era un destartalado taller ubicado en un pasaje cercano a la todavía existente Cárcel Pública: Vicuña Subercaseaux, casi en la esquina con calle San Martín, en pleno Barrio Estación Mapocho.
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Me viene la visión de la ruidosa, grande y vetusta impresora que reinaba en “la sala de alzado y compaginación”. Si mal no recuerdo, esa enorme máquina era un préstamo de Jaime Morales padre. Una misteriosa falla en su funcionamiento impedía el flujo del papel a través suyo. Carlos, sin embargo, la ponía a funcionar mientras atendía en su “privado” a algún potencial cliente, seguramente para fortalecer, mediante el atronante y rítmico sonido del artefacto, la sensación de que la suya era una empresa pujante y atiborrada de trabajo. Por supuesto que, una vez cerrado el trato, Carlos imprimía todo en alguno de los talleres de sus colegas.
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Su “privado” era un espacio un poco más ordenado dentro del caos del taller. Allí había instalado un amplio y antiquísimo escritorio. A un costado estaba el alegre acuario. Después del horario de trabajo ese escritorio solía cubrirse de vasos y botellas, principalmente de pisco. Poco después de las 18 horas empezaban a llegar los amigos, comenzando lo mejor de la jornada: la animada conversación, acerca de política, mujeres, filosofía, literatura, ciencia ficción o historia, salpicado todo ello con las bromas y burlas de Max Carvajal, Guatón Muñoz, Jorge González y el mismo Carlos Raúl.
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Tal es el contexto de la anécdota anunciada. Veamos. Cierto día Carlos empezó con que le había enseñado a bailar “temas de Mozart” a uno de los peces de su acuario. Por supuesto que entre él y el más hábil de los habitantes de ese pequeño mundo se había establecido una especie de contacto. No podía ser de otra forma. Con el poderoso “auxilio psicoenergético suyo” el pez ahora no sólo era capaz de entender la música clásica, sino que, a su compás, realizar complicadas coreografías en su cúbico escenario.
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Pues varios días anduvo con esa cantinela, una tarde, ya todos con varios tragos en el cuerpo, lo desafiamos a que demostrara su afirmación. Se fija una apuesta. El correspondiente cassette (en esa época aún se usaban cassettes) es puesto en el reproductor, Mozart a todo volumen inunda el revuelto lugar, y los circunstantes nos concentramos en el pequeño ser. Como se nos había dicho que era el más listo del cardumen, bajo los efectos del licor nos parecía distinguir ciertas actitudes inteligentes en su normalmente inexpresivo rostro de pez. Pasan largos minutos. De pronto mueve una aleta, quizá para cambiar de posición, lo que es saludado jubilosamente por Carlos con un “¡¿Ven, los huevones?!... ¡Ya está precalentando!”. Aprovechó el momento para lucirse con una exhibición de conocimientos acerca del nivel evolutivo de los peces, de las diversas taxonomías propuestas para los animales acuáticos, etc.
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Como el precalentamiento se prolongaba, empezó a animarlo: “¡Vamos, Cachupín!... ¡Qué estos cura’os no te achunchen!”. Fue elevando la voz y dando pequeños golpes al acuario. Para ejemplificar lo que quería que hiciera, Carlos se sacudía al ritmo de Mozart en su silla, hasta casi caerse. Considérese que a esa hora entre los presentes ya íbamos en la tercera botella de pisco, y mi amigo en esa época sobrepasaba, fácil, los 110 kilos.
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Cuando parecía que los incrédulos le ganábamos la apuesta, la campana lo salvó. De pronto se asomó por la puerta del taller un sujeto alto, sonriente, que preguntó directamente a Carlos si podían pasar: “¡Por supuesto, por supuesto, los estaba esperando!”, se apresuró éste en responder. El sujeto abrió la puerta y dejó pasar a quien indudablemente era su jefe; cerró la puerta y se instaló en una silla algo alejada del grupo, desde donde, siempre sonriendo, se dedicó a observarnos. Su jefe caminó tranquilamente hasta el escritorio de Carlos, con el aire de quien detenta alguna clase de autoridad. Se produjo un cambio fundamental en el ambiente. Casi diría que se nos pasó la curadera. El único nombre por el cual yo le conocía era suficientemente gráfico: el Padrino. Carlos se puso de pie para ir a saludarle, y espontáneamente varios le ofrecimos nuestras sillas al recién llegado. Este agradeció con cierta distancia, y de inmediato agregó, amable pero firmemente, que venía a hablar “con usted, Carlitos, de algo bien importante y urgente”. A buen entendedor, pocas palabras: los demás apuramos nuestros vasos y desaparecimos, dejando a nuestro amigo con sus dos visitantes.
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En otra ocasión podremos recordar nuevas historias referidas a Carlos. Sólo agregaré que el mecanismo interior suyo que posibilitaba ocurrencias como esta del pez danzante, mutatis mutandis, también generó cosas como nuestra querida SOCHIF, o el periódico ¡Vamos, Chile!, o una clínica y una empresa de artesanía mediante las cuales él dio trabajo a varios de sus amigos y conocidos en los peores años del régimen militar.
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Carlos tenía la virtud de modificar la realidad mediante las palabras. No sólo se dedicaba a hablar de ella, sino que intentaba transformarla. Este dato, esta actitud suya, pienso, bastaría para releer sus obras con otra clave de interpretación.
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Santiago, 27 de mayo de 2008.
Nota: Texto improvisado (y ahora espero que aceptablemente redactado) durante el homenaje a Carlos Raúl Sepúlveda en el Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.