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sábado, 15 de diciembre de 2007

REFLEXIONES DE FIN DE SEMANA
Opinión de Alfredo Parada Ramírez
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A nombre de la Directiva de la Sociedad Chilena de Fantasía y Ciencia Ficción (SOCHIF), a través de este sencillo mensaje quiero agradecer muy sinceramente a quienes nos acompañaron el martes 4 de diciembre pasado en un evento que realizamos en Café N’aitún. Hay que decir que dicho evento fue doblemente importante para nosotros, primero por tratarse de la presentación de un nuevo libro de nuestro amigo Teobaldo Mercado, pero también por ser el comienzo de una nueva época para nuestra organización.
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A lo largo de su existencia la SOCHIF ha pasado por momentos de febril y activa creatividad, y otros en que esta ha sido mínima. Hoy estamos saliendo de una de esas fases de “recogimiento”, por así decirlo, siendo la actividad pública a la que me estoy refiriendo la primera que efectuamos después del fallecimiento de quien fuera nuestro Presidente: Carlos Raúl Sepúlveda. Partida que se sumó a otras ocurridas en un relativamente corto período de tiempo como fueron las de nuestros entrañables amigos Juan Muñoz, Eugenia Landabur, Máximo Carvajal y Adrián Roca.
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En un grupo humano no tan numeroso como es el nuestro, esas pérdidas fueron ―y continúan siéndolo― enormemente sentidas. La etapa que ahora estamos iniciando nos encuentra llenos de ideas, proyectos y expectativas, pero conservando íntegras las esperanzas de quienes nos antecedieron en el viaje definitivo, sin que eso, por supuesto, impida que tratemos de adecuarnos de la manera más preactiva posible, a los nuevos conocimientos y públicos. En homenaje a esos próceres nuestros continuamos luchando contra molinos de viento, en la búsqueda de generar espacios culturales de libertad al margen de la chatura del pragmatismo libremercadista y de la ley de máxima ganancia, intentando ayudar a materializar un mundo más estimulante, progresista y extraordinario, con nuestras armas favoritas en ristre: crítica mordaz y aporte constructivo.
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Decía que en ese tradicional y emblemático café del Barrio Brasil nos reunimos para acompañar a Teobaldo en el lanzamiento de su última publicación. Con nuestro amigo parece estar cumpliéndose la antigua sentencia de que nadie es profeta en su tierra. En efecto, sus libros en estos momentos son mucho más conocidos y difundidos en el extranjero, específicamente en España, que en su propia patria. No obstante, el reconocimiento a su obra literaria es creciente. Como escritor tiene habilidad y talento para plasmar inquietantes visiones del porvenir, utopías y plausibles extrapolaciones. Sus personajes conservan todas las características centrales del ser humano: ironía, valor, soledad, humor, miedo...
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Concluyo estas sencillas palabras, en consecuencia, saludando a Teo, con la misma alegría y sinceridad con que se saluda al amigo que otra vez vuelve a ser padre, y que concentra en su nuevo hijo muchas de sus esperanzas y muchos de sus sentimientos. Teobaldo, el mejor de los éxitos en el desarrollo de tu obra. Felicitaciones.
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Santiago, 11 de diciembre de 2007.

viernes, 19 de octubre de 2007

UN LARGO MARTES DE ENERO
Por Alfredo Parada Ramírez

Camino rápido entre el gentío del Mall Estación. Por ser temporada de vacaciones abundan los bolsos, las maletas y todo lo que llevan los viajeros fuera de Santiago. Éstos se mezclan con los que vitrinean o simplemente van o vienen por los alrededores de la capital. ¡Qué ganas de irme unos días fuera de Santiago!... Pero no podrá ser. En mi mente aparecen mi casa, mi cama... Qué ganas de recostarme y olvidarme del mundo. Sigue pasando gente con bolsos. Pienso que no estaría nada mal pasar unos días en la playa con una morena veinteañera... ¿Será verdad lo que mi amigo Carlos me dice: “Cómo puedes ser tan degenerado pensando en mocosas”?


Miro a hora: 1925. Estoy cansado, pero está lo acordado telefónicamente con Sepúlveda durante el fin de semana. Habíamos quedado de juntarnos el lunes, pero no se encontraba con ánimo, “mejor el martes te espero, socio, piensa en lo que hablamos”. La conversación había girado sobre algunas ideas que él tenía respecto al trabajo a efectuar con El Tábano, ideas que me pidió extendiera y completara.


1945, veinte largos minutos tardé en llegar a Santa Rosa con Av. Matta, “¿Cómo será cuando comience el Transantiago?”, pienso mientras me acerco a destino, recordando una reciente conversación sostenida con Carlos al respecto, en la que concordamos que no se veía tan fácil el nuevo diseño de transporte urbano.



1955, estoy ante la puerta de su casa, ¿por qué será que al llegar acá lo primero que hago es mirar a hora y enseguida tocar el timbre? A través de la mampara espero ver aparecer la figura sonriente de mi amigo. Sin embargo, viene a abrir Armando Larenas, otro de los integrantes ―más Pedro Frez― del equipo editorial de El Tábano. “Carlos debe estar en el computador”, concluyo. Pero Armando me dice que está en su dormitorio, pues no se ha sentido bien; “pasa, mientras yo termino de acomodar algo en la cocina”. Me dirijo a su pieza. Lo encuentro en pijamas, sentado al borde de la cama. Al sentir mis pasos levanta la vista y sonríe con su amabilidad y cordialidad de siempre: “¡Hola, socio! Me estaba acordando de ti”. “Hola, viejo ―le digo―. Discúlpame, quería llegar más temprano, pero la locomoción y sus tacos...” Nos estrechamos las manos. “Lo importante es que llegaste”, responde, señalándome la silla junto al mueble de la máquina de coser y sobre el cual está el televisor, que en esos momentos emite un programa donde bailan niñas ligeras de ropa. “¡Tanta pelotudez junta!”, exclama Carlos contemplando la pantala. Me vuelve a mirar sonriendo. Sólo entonces percibo en él algo así como una gran amargura, o un apabullante cansancio.

La mente es rápida, instantánea. “¿Cómo te sientes, Carlos?”, pregunto mientras le observo detenidamente, tratando de comprender aquello que no me calza. “¡Cómo las h...!”, contesta levantando nuevamente la voz. Reitero mi pregunta. Ahora habla como para sí, mirando hacia la ventana, tal vez encontrándose ya lejos de allí: “¡Puta, socio! He vivido una situación muy desagradable, algo que nunca pensé fuese posible...”. Me hace confidencias que días después comprendería que serían la últimas, y que guardaré con celo de sacerdote, por respeto a nuestra amistad.

Sus palabras son lentas, arrastradas, difíciles. Aunque intento convencerme de que sólo se encuentra agotado, o herido en su amor propio, poco a poco voy asumiendo que no está bien. Lo ayudo a acomodarse en la cama, sus ojos están semicerrados. Súbitamente sus manos se aferran a las mías e intenta hablarme; pero sus palabras son sonidos apenas audibles. Hay demasiada pena y desolación en su mirada.


Consulto a Armando y éste me dice que Carlos se ha sentido mal durante todo el día; “pero por suerte mañana tiene hora en el consultorio”. Para mí es claro que no podemos esperar, por lo que intentamos llamar a alguien de su familia. Entre sus papeles aparece el teléfono de su hijo Raúl: nadie contesta. En la guía hallamos el número de su hermano Ramiro. Se compromete a venir a la brevedad.

El tiempo transcurre lento. 2020; contra el dato señalado por el reloj, se me ocurre que han pasado horas desde que llegué acá. Con Armando nos damos un argumento tras otro, intentando superar una realidad que implacablemente se nos va imponiendo.

Llega Ramiro. Se llama una ambulancia, la que no tarda en aparecer frente a la casa. A los paramédicos les basta una mirada para determinar su traslado inmediato. Ayudo a subir la camilla al vehículo.


2315, la espera en la Posta Central se hace larga. Observo que Ramiro está inquieto. En mi interior las ideas chocan con las palabras y éstas no me salen. Llega su hermana Soledad. Al rato, Ramiro y ella son autorizados para ingresar a ver al convaleciente.

Mienras aguardo, sin poder evitarlo, la imagen sonriente de Carlos y su fuerte apretón de mano vienen una y otra vez a mi memoria. También recuerdo un sueño reciente. Pienso en las ideas y proyectos pendientes, en nuestros últimos diálogos, en sus confidencias...

Vuelve Ramiro y me dice que su hermano ya está mejor, que lograron estabilizar su condición. “Por esta noche quedará en observación, el alta la darían muy probablemente al día siguiente... Lo ví mejor, incluso me pidió que le llevara su celular.” Siento alivio, y me alegro sinceramente por mi amigo, quiero creer que todo va bien.

Son las 2340 cuando nos retiramos de la Posta Central. Sin saberlo, esa había sido la última ocasión en que vería con vida a mi entrañable y querido amigo.


Lo que vino después es bien sabido: su estado de salud se agravó inesperadamente, falleciendo a los diez días, en la madrugada del sábado 10 de febrero. Sus funerales se efectuaron al día siguiente, y fueron sencillos, como sencilla fue su vida. En ellos, como único orador despedí al más cercano amigo que tuve durante los últimos 19 años, tiempo suficiente para conocer al individuo, al compañero de partido, de lucha social, al artesano, al poeta, al escritor...

Hoy, cuando la tristeza se ha vuelto más soportable, es oportuno recordar que Carlos también fue un gran intelectual, y sobre todo un formidable maestro, que generosamente compartía sus conocimientos y sabiduría con todos, siempre con cordialidad y notable sentido pedagógico. Tenía la virtud de impulsar a cada uno para que encontrase dentro de sí mismo una veta oculta, e intentase sacarla a la luz.

Carlos Raúl Sepúlveda Contreras fue de aquellas personas que no todos tienen la suerte de encontrar en el largo peregrinar de la vida. Su multifacética vida deja una importante y rica herencia, no en bienes materiales, sino en valores, principios, ideales y, especialmente, en consecuencia. También, por supuesto, en erudición y amabilidad. Una herencia, pienso, que no es para ser guardada entre murallas o cajones, que no es para unos pocos, sino para ser continuada y compartida con todos los que construyen sueños y esperanzas en días mejores.

Su imagen sonriente, amable y afectuosa es la que siempre continuará acompañándonos, a mí y a todos los que le conocimos, hasta el momento del reencuentro definitivo.

Santiago, 16 de octubre de 2007.-