PALABRA CON ESPÍRITU: PARA MI AMIGO CARLOS.
Por Richard Salazar Poillot.
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En estos días, en los momentos en que podía concentrarme en preparar mi intervención en este homenaje, persistentemente acudían a mi mente diversas anécdotas referidas a mi amigo Carlos Raúl. Como si él, desde el lugar en que hoy pudiera hallarse, se dedicara a pulsar mis neuronas relacionadas con la memoria. No pocas veces por culpa suya me descubrí riéndome “solo”, para sorpresa, pero no demasiada extrañeza, de mi querida esposa.
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Asumiendo, pues, el principio de que el todo se refleja en cada una de sus partes, he resuelto compartir con ustedes una breve historia cuyo protagonista fue mi amigo. Es una historia sencilla, alejada del vértigo o el escándalo, para desilusión de los que piensan que tales ingredientes han de estar presentes en alguna narración para merecer ser oída. Sólo espero que ella facilite la intuición de quién fue él en vida, y cuáles eran algunas de sus actitudes.
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Ahora bien, fuera de su contexto cualquier relato pierde mucho de su sabor. Con la esperanza de que éste, además de ilustrador, resulte ameno para ustedes, permítanme señalar unos pocos antecedentes.
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A principios de los 90, con Aylwin como primer Presidente de la post-dictadura, mi amigo y muchos de los que participábamos en algunas de las organizaciones creadas o animadas por él, vivíamos en un estado de optimista expectativa. Pensábamos que como nación a la brevedad recuperaríamos el tiempo perdido. Había un poco más de trabajo, se incrementaba la inversión extranjera.
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Carlos en esos años se dedicaba al negocio editorial ―Ediciones de la Golondrina―. Había desarrollado un eficiente sistema de impresión, en el que combinaba sus conocimientos artesanales y de autogestión con los recursos computacionales que empezaban a masificarse en el país. Su centro de operaciones era un destartalado taller ubicado en un pasaje cercano a la todavía existente Cárcel Pública: Vicuña Subercaseaux, casi en la esquina con calle San Martín, en pleno Barrio Estación Mapocho.
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Me viene la visión de la ruidosa, grande y vetusta impresora que reinaba en “la sala de alzado y compaginación”. Si mal no recuerdo, esa enorme máquina era un préstamo de Jaime Morales padre. Una misteriosa falla en su funcionamiento impedía el flujo del papel a través suyo. Carlos, sin embargo, la ponía a funcionar mientras atendía en su “privado” a algún potencial cliente, seguramente para fortalecer, mediante el atronante y rítmico sonido del artefacto, la sensación de que la suya era una empresa pujante y atiborrada de trabajo. Por supuesto que, una vez cerrado el trato, Carlos imprimía todo en alguno de los talleres de sus colegas.
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Su “privado” era un espacio un poco más ordenado dentro del caos del taller. Allí había instalado un amplio y antiquísimo escritorio. A un costado estaba el alegre acuario. Después del horario de trabajo ese escritorio solía cubrirse de vasos y botellas, principalmente de pisco. Poco después de las 18 horas empezaban a llegar los amigos, comenzando lo mejor de la jornada: la animada conversación, acerca de política, mujeres, filosofía, literatura, ciencia ficción o historia, salpicado todo ello con las bromas y burlas de Max Carvajal, Guatón Muñoz, Jorge González y el mismo Carlos Raúl.
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Tal es el contexto de la anécdota anunciada. Veamos. Cierto día Carlos empezó con que le había enseñado a bailar “temas de Mozart” a uno de los peces de su acuario. Por supuesto que entre él y el más hábil de los habitantes de ese pequeño mundo se había establecido una especie de contacto. No podía ser de otra forma. Con el poderoso “auxilio psicoenergético suyo” el pez ahora no sólo era capaz de entender la música clásica, sino que, a su compás, realizar complicadas coreografías en su cúbico escenario.
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Pues varios días anduvo con esa cantinela, una tarde, ya todos con varios tragos en el cuerpo, lo desafiamos a que demostrara su afirmación. Se fija una apuesta. El correspondiente cassette (en esa época aún se usaban cassettes) es puesto en el reproductor, Mozart a todo volumen inunda el revuelto lugar, y los circunstantes nos concentramos en el pequeño ser. Como se nos había dicho que era el más listo del cardumen, bajo los efectos del licor nos parecía distinguir ciertas actitudes inteligentes en su normalmente inexpresivo rostro de pez. Pasan largos minutos. De pronto mueve una aleta, quizá para cambiar de posición, lo que es saludado jubilosamente por Carlos con un “¡¿Ven, los huevones?!... ¡Ya está precalentando!”. Aprovechó el momento para lucirse con una exhibición de conocimientos acerca del nivel evolutivo de los peces, de las diversas taxonomías propuestas para los animales acuáticos, etc.
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Como el precalentamiento se prolongaba, empezó a animarlo: “¡Vamos, Cachupín!... ¡Qué estos cura’os no te achunchen!”. Fue elevando la voz y dando pequeños golpes al acuario. Para ejemplificar lo que quería que hiciera, Carlos se sacudía al ritmo de Mozart en su silla, hasta casi caerse. Considérese que a esa hora entre los presentes ya íbamos en la tercera botella de pisco, y mi amigo en esa época sobrepasaba, fácil, los 110 kilos.
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Cuando parecía que los incrédulos le ganábamos la apuesta, la campana lo salvó. De pronto se asomó por la puerta del taller un sujeto alto, sonriente, que preguntó directamente a Carlos si podían pasar: “¡Por supuesto, por supuesto, los estaba esperando!”, se apresuró éste en responder. El sujeto abrió la puerta y dejó pasar a quien indudablemente era su jefe; cerró la puerta y se instaló en una silla algo alejada del grupo, desde donde, siempre sonriendo, se dedicó a observarnos. Su jefe caminó tranquilamente hasta el escritorio de Carlos, con el aire de quien detenta alguna clase de autoridad. Se produjo un cambio fundamental en el ambiente. Casi diría que se nos pasó la curadera. El único nombre por el cual yo le conocía era suficientemente gráfico: el Padrino. Carlos se puso de pie para ir a saludarle, y espontáneamente varios le ofrecimos nuestras sillas al recién llegado. Este agradeció con cierta distancia, y de inmediato agregó, amable pero firmemente, que venía a hablar “con usted, Carlitos, de algo bien importante y urgente”. A buen entendedor, pocas palabras: los demás apuramos nuestros vasos y desaparecimos, dejando a nuestro amigo con sus dos visitantes.
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En otra ocasión podremos recordar nuevas historias referidas a Carlos. Sólo agregaré que el mecanismo interior suyo que posibilitaba ocurrencias como esta del pez danzante, mutatis mutandis, también generó cosas como nuestra querida SOCHIF, o el periódico ¡Vamos, Chile!, o una clínica y una empresa de artesanía mediante las cuales él dio trabajo a varios de sus amigos y conocidos en los peores años del régimen militar.
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Carlos tenía la virtud de modificar la realidad mediante las palabras. No sólo se dedicaba a hablar de ella, sino que intentaba transformarla. Este dato, esta actitud suya, pienso, bastaría para releer sus obras con otra clave de interpretación.
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Santiago, 27 de mayo de 2008.
Nota: Texto improvisado (y ahora espero que aceptablemente redactado) durante el homenaje a Carlos Raúl Sepúlveda en el Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.

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