jueves 1 de mayo de 2008

“FRAGMENTOS DEL INFINITO” (2007),
DE TEOBALDO MERCADO POMAR.
Comentario de Repu Herrero.
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En abril de 2007, Teobaldo Mercado Pomar (1965) presenta su tercera obra en soporte de papel, titulada de “Fragmentos del infinito”, con seis trabajos de diversa extensión repartidos en 192 páginas. Pese a que sólo para el último se señala data (¡febrero de 1993...!), una lectura reposada de ellos permite detectar diferencias en cuanto a habilidad, oficio e inter/intratextualidad, correlacionadas probablemente con la experiencia vital y la densidad lecto-escritural adquiridas por quien ha transitado desde, a lo menos, sus 27 y hasta sus 41 años de edad.
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Sin embargo, atendiendo a otros criterios, también se percibe una relativa unidad en esta recopilación. En lo más evidente, la recorre un mismo estado de ánimo, ese que ya hemos degustado en otras obras de este autor. Volvemos a percibir aquí, fluyendo como río subterráneo, una gran dosis de melancolía, difuso anhelo de haber vivido de otra manera, nostalgia, necesidad de ocultar lo que realmente somos... Pero también una sorprendente resolución final en cada relato, como si el preliminar despliegue de egodistonía hubiese dejado espacio para una renovada vitalidad. En este sentido Mercado parece sintonizar inconscientemente con una estructura universal de la narratividad. Ha seguido, mutatis mutandis, el esquema propio, por ejemplo, de aquellos Salmos en los cuales las lamentaciones y quejas iniciales son reemplazadas, inesperadamente y cuando el hablante parece hallarse en su peor momento, por una exuberante fe en la existencia. Es lo desplegado ―intensificadamente mediante el empleo de la primera persona― en “Pensamientos en la punta del cerro”, texto que parece fuera de lugar, pero que en realidad, a la manera del ouroboros, cierra, resume e ilumina en retrospectiva la totalidad.
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En cuanto a codificación, estos cuentos coinciden en enfatizar lo visual en desmedro de lo discursivo, par de opuestos que mantenido en dinámico equilibrio en los anteriores libros de Mercado (“Bajo un sol negro”, 2005; “Hijos de las estrellas”, 2006). Ahora las imágenes se suceden implacables, avasalladoras, exigiéndonos casi silenciar el hemisferio izquierdo (el verbal, según se sostiene). ¿Estará ya pensando en el cine, o en el más alcanzable video, este siempre inquieto escritor?
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Las imágenes, según la manera en que leo esta obra, tendrían la capacidad de devolvernos la unidad perdida, de reunificarnos. El fenómeno de la despersonalización fue tratado por Mercado con cierta largueza en su libro de 2005. Ahora, contrarrestando esa variante del desencanto existencial que describe Eclesiastés ―desencanto por sobreabundancia de recursos y posibilidades―, Laura, la protagonista de “El recuerdo”, texto inaugural del volumen, al recuperar un pequeño caballo de cristal y utilizarlo como punto de reunión de pasado y presente, al mismo tiempo consigue recuperar aquel aspecto de su humanidad al que debió cegarse para acceder a una existencia semi divina gracias a prótesis tecnológicas. Se reengancha de este modo a la existencia verdadera, que sólo es tal a condición de incluir límites espaciales y temporales. A la manera de Ciudadano Kane, un objeto sencillo sintetiza la frontera que separa la vida auténtica de la postiza o de la que ha sido traicionada.
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El acento en lo icónico tiene un muy agradable rendimiento estético en “Tocando el suelo”. A excepción de su final de opereta, es una historia convincente, entretenida, muy bien narrada, logrando que durante largos pasajes suspendamos nuestro criterio de realidad. Sin saber cómo, de pronto nos encontramos acompañando a los personajes en sus vicisitudes, intentando aconsejarles diversos cursos de acción. Mercado evidencia aquí gran habilidad para incorporar a los lectores a su relato.
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Lamentablemente, ese énfasis visual pierde toda mesura en "¡Desembarco!". Como si su autor hubiese olvidado que la palanca de velocidades tiene otras posiciones, confunde rapidez con acción; más grave aún, ser repetitivo con ser coherente. Todo se vuelve, paradójicamente dentro de lo vertiginoso, pronosticable en exceso. La filosofía que proclaman los “héroes” de la historia no salva el texto ni eleva su calidad: no pasa de ser un conjunto de lugares comunes de la mentalidad belicista, siempre cercanos al racismo, en este caso, a uno inter-galáctico, si se me permite la expresión.
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Por lo dicho, no deja de ser sorprendente que en este mismo libro se encuentren narraciones tan bien logradas como “Principito” y “Por el rabillo del ojo”. Parecen haber sido escritas por otro individuo. Mejor dicho, como si “¡Desembarco!” fuese responsabilidad de otra persona. A través de estas dos narraciones Mercado lleva a diversos extremos la influencia que sobre nosotros pueden ejercer los habitantes del más allá; entregándonos su ayuda y compañía en un caso, castigándonos en el otro. Narraciones hermosas, con disciplinado sentido de atmósfera, efecto final, tempus, cantidad de personajes. Dignas de ser antologadas.
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Una nota final en relación a “Por el rabillo del ojo”. Demostrando conocimiento suficiente del género de CF como para siempre mantenerse dentro de él, en este interesantísimo cuento Mercado desarrolla reflexiones que, partiendo de posibilidades teóricamente sostenibles, alcanzan lo teológico y lo filosófico. En la búsqueda de la eterna renovación, y oponiendo el rejuvenecimiento logrado mediante aditivos tecnológicos de aquel obtenido mediante sacrificios humanos (de eso se trata cuando hablamos de expulsar de un cuerpo al alma que originariamente lo anima, para apropiarnos de su vitalidad), en el texto de Mercado yo percibo la disonancia interna que padece el homo faber durante, al menos, el último milenio: la contraposición entre alquimia y magia negra (específicamente la nigromancia).
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Santiago, 30 de abril de 2008.

3 comentarios:

Teobaldo Mercado dijo...

Es una lástima que don Repu siga insistiendo en tratar de imponer mediante la crítica su forma de pensamiento, de pretender vanamente decirle a un escritor lo que debería haber escrito sólo porque no calza con su estrecha visión del mundo o, peor aún, con sus prejuicios socio-políticos. Que hable de idioteces como “belicismo” y “racismo inter-galáctico” lo coloca difícilmente un delgado peldaño por sobre la pedantería más exacerbada.

Don Recu, digo, Repu: Vaya a ver un Psiquiatra, puchas que le hace falta.

Jorge Miranda dijo...
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Jorge Miranda dijo...

Todos tienen la libertad de opinar. Ese es el juego de la libertad, esa misma, la que llaman kaos,diversidad,justicia, democracia. Pero aún en la denominada "Democracia" de los Griegos, el derecho a la opinión o a la elección, sólo era derecho privativo para quienes eran ciudadanos libres, los esclavos eran excluídos.